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| Gráfica del artista estadounidense Taylor Johns |
Por Héctor Héreter
9 de noviembre de 2016
Los argentinos y peruanos rechazan la amplia presencia
de bolivianos en sus países.
Los colombianos objetan la entrada de ecuatorianos a
su territorio y se burlan de ellos por considerarlos brutos.
Los uruguayos le tienen fobia a sus vecinos argentinos
aunque exista poca diferencia entre ambos.
Los mexicanos se quejan del maltrato que reciben en su
vecino del norte pero secuestran y hasta asesinan a los centroamericanos que
intentan cruzar el país rumbo hacia el
sueño americano.
Incluso en la Antilla menor de Puerto Rico ven con
recelo la creciente presencia de emigrantes provenientes de la vecina República
Dominicana.
Pues entonces no debe sorprendernos la victoria de
Donald Trump al convertirse en el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos quien basó
gran parte de su campaña en la xenofobia hacia cualquiera que procediera de los
vecinos del Sur.
Aunque nosotros nos enorgullece decir que somos
cubanos, venezolanos, colombianos o argentinos, para el estadounidense somos
todos de la misma estirpe; una ola invasora que cada día crece como plaga sin
freno en las entrañas del gran imperio del Norte.
No solo hablamos otro idioma, también nuestra idiosincrasia es muy
diferente y no cambia por el simple hecho que nos mudemos de lugar. A veces
somos tan afincados en nuestras creencias que queremos cambiar el sitio que nos
acoge pero cambiar nosotros no queremos.
Durante mis 20 años de residencia en Estados Unidos
(Florida, Nueva York y Dallas, Texas) en varias ocasiones observé la actitud y
comportamiento de muchos latinos que me asombraban y hasta me producían
vergüenza ajena.
Nunca olvidaré el momento bochornoso de un grupo de
emigrantes latinos en Dallas que piropeaban de manera grosera a una hermosa
muchacha rubia de claro aspecto anglosajón, mientras caminaba a toda prisa frente a la construcción donde ellos
laboraban.
Me les acerqué para recomendarles que no volvieran
hacer eso ya que las mujeres norteamericanas rechazan esa clase de acoso
verbal.
La respuesta de uno de ellos me dejó perplejo:
“pues que se vayan acostumbrando porque ahora SI HAY MACHOS, no como estos
pinches gringos”.
Es más, en Miami muchos latinos viven por varias
décadas en la Capital del Sol sin hablar una sola palabra de inglés y hasta se
sienten ofendidos si se les recomienda que aprendan el idioma.
Quieren vivir en Estados Unidos pero no quieren
adaptarse a la forma de vivir en Estados Unidos. ¿Entonces?
También recuerdo cuando a finales de 1989 llegaron a
Miami en menos de tres días más de 30 mil refugiados nicaragüenses creando una
gran crisis en la ciudad por falta de albergue para todos ellos. Fue uno de los meses más fríos en el sur de
la Florida con temperaturas tan bajas como 40° F (4° C) y el entonces
administrador del condado de Dade, César Odio, decidió habilitar el estadio
Bobby Maduro, noroeste de Miami, para albergar a los recién llegados.
Entrevisté a un plomero oriundo de Matagalpa (a 100 Kms.de Managua) que se
vanagloriaba de tener 15 hijos de cuatro diferentes mujeres. Le pregunté si sabía que ese comportamiento
era rechazado en Estados Unidos al punto que podría ser demandado y hasta ir
preso.
Su respuesta fue de asombro: “¿Y aquí las mujeres
pueden mandar preso a los hombres?”
Valga la aclaración. No con lo que recién escribo
trato de justificar la actitud de Trump y sus seguidores, tan solo trato de
entender la mentalidad de este coloso del Norte y cómo nosotros los hispanos,
latinos, sudamericanos o como quieran llamarlos, encajamos en esta mentalidad
que le gusta celebrar “Thank Giving” con un gran pavo en la mesa, mientras que
nosotros preferimos un lechón.
En conclusión robo la muy conocida frase del prócer cubano José Martí: “viví en el
monstruo y conozco sus entrañas”.

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